
Más de una vez habremos pensado en el epigrama de Moratín: el portugués que se admiraba de oír hablar francés a los niños franceses. Es decir, algo que un extranjero difícilmente llega a dominar es realizado a cada instante por el muchachito que la tiene como propia. La lingüística moderna nos dice que ese problema es la transposición de un código A a otro B, operaciones sencillísima a todas luces, pero que sin embargo entraña no pocas dificultades. La imprenta vino a difundir el instrumento que permitiera pasar de un miembro a otro en la ecuación propuesta: gracias a ella los viejitos glosarios –penosos de escribir, costosos de logar- dieron pasos a los diccionarios usuales.
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